En enero del año 2002 una confesión sacudió al pequeño pueblo de Valverde del Camino, en Andalucía, España, cuando su párroco, José Mantero, declaró a la comunidad con gran estrépito “doy gracias a Dios por ser gay”, a lo que siguió con su gratitud al liberarse del silencio y culpabilidad con el que la iglesia católica aborda el tema homosexual.
A poco más de siete años de tan reveladora confesión, el ex párroco, recorre en un libro la relación amorosa de dos sacerdotes. Se trata de su novela ‘Amor Inconfesable’, que ha sido publicada en España por la casa Odisea Editorial y que está a la venta desde el pasado mes de junio.
Según se desprende de la crítica, el libro toca una historia de amor homosexual que se desarrolla en la ciudad de Madrid, en la década de los 90s. En la obra destaca el hecho en la cual dos personas del mismo sexo se enamoran, a pesar del impedimento que significa el ejercer como guía espiritual de cientos de feligreses católicos que atienden sus homilías y como hombres de fe, en general.
Según su literatura, los encuentros entre el secretario canciller del Arzobispado de Madrid, Miguel Bueno, y David Alvás, quien es el hermano mayor de la congregación Pax et Bonum, provocan la toma de una controversial decision: vivir bajo el amor humano por encima del divino, profesado por la iglesia católica a la cual sirven.
José Mantero, de 46 años de edad, salió del closet después de haber formado parte de la parroquia de Valverde, por más de diez años. Después de su ”doy gracias a Dios por ser gay”, Mantero se transformó en una celebridad nacional y en el primer sacerdote que anunciaba públicamente su homosexualidad.
La suspensión a divinis de Mantero a partir de hacer pública su condición, lo unió al ex carmelita Antonio Roig, como los dos sacerdotes españoles cesanteados por el Vaticano inmediatamente después de su confesión homosexual.
Ellos igualmente denunciaron que ”la Iglesia ha perdido la vergüenza y la ética” al haber convertido a los homosexuales en “su nuevo enemigo”.
El trabajo de Mantero se une al libro elaborado por el padre Germán Robledo, ex presidente del Tribunal Eclesiástico de Cali, Colombia, quien embistiendo duro contra la autoridad del clero, anuncia un trabajo explosivo que involucra a sacerdotes activos en actos de homosexualismo, pederastia y corrupción: “Hacia un Clero gay“.
LA IGLESIA CATOLICA: CLOSET DE GAYS
Logramos estraer una encuesta publicada en la versión web de la revista Semana, de Colombia, en la cual el padre jubilado responde interrogantes que despierta el motivo de su libro.
¿Por qué escribir un libro con los escándalos sexuales de los miembros de la arquidiócesis de Cali?
Como usted recordará hace dos años hice unas denuncias muy concretas y determinadas al señor arzobispo Juan Francisco Sarasti, sobre hechos gravísimos de indisciplina eclesiástica y que se han acrecentado durante su gobierno por falta de control y vigilancia. Pero todas esas denuncias se las llevó el viento
¿Pero por qué hacer públicas esas denuncias, si, por tradición, la iglesia suele lavar la ropa sucia se en casa ?
Federico Nietzche, reconocido ateo decía: Es muy duro decir la verdad. Las verdades calladas envenenan. La iglesia católica no puede estar edificada en la mentira. Y la arquidiócesis de Cali ha tenido una actitud farisea.
¿Cómo es su relación con el arzobispo de Cali?
Con él no he tenido ninguna discusión. Le tengo respeto, oro por él, pero en el aspecto clerical le censuro lo que considero es censurable a la luz del derecho canónico.
¿Las denuncias de su libro son concretamente contra el arzobispo Sarasti?
No; lo involucran en el sentido de que cohonestaba, actuaba con lenidad, no hacía cumplir la disciplina eclesiástica, ni cumplía con las normas de la Santa Madre iglesia que prohíbe ordenar sacerdotes con tendencias arraigadas hacía el homosexualismo.
¿Quien le dio la espalda en el momento que hizo esas denuncias?
El arzobispo, pese a que era su deber canónico y obligación. Se anunciaron investigaciones que jamás se hicieron y hoy no hay sanciones ni castigos.
¿De qué calibre son las denuncias que recopila en su libro?
De homosexualismo, pederastia, sacerdotes con hijos, con demandas ante el Icbf, corrupción, en fin toda clase de violaciones directas a la disciplina del celibato.
¿Cómo así que algunos sacerdotes usaban las limosnas para pagar sus favores homosexuales?
En el libro detallo sin nombres esos episodios que ocurrieron en la Catedral de Cali. Por ejemplo, habían sacerdotes que pedían plata para los pobres y lo entregaban que los acompañaban en sus tendencias homosexuales.
El título de su libro ¨Hacia un clero Gay´, ¿no es muy duro e injusto?
Es duro pero real. Lo que hace es denunciar una tendencia que se está presentando en la iglesia católica. La experiencia durante mis 45 años de vida sacerdotal me dan autoridad moral para hacer ese análisis.
¿Qué es lo que desea expresar con el subtítulo ¨Anti historia de un centenario´?
Porque en el 2010 vamos a celebrar el primer centenario de la iglesia católica en Cali y aprovecharé esa coyuntura para contar algunas verdades sobre cómo la iglesia en los últimos 30 años se inclina por perfiles de sacerdotes con rasgos afeminados, dulces, obedientes, sumisos, no críticos y que se acojan siempre al roll autoritario del obispo y demás superiores.
Según usted la misma iglesia es la responsable del homosexualismo en sus filas…
Si. Desde los seminarios están potenciando un complejo de Edipo eclesial, del cual no se recuperan lo sacerdotes. Son personas inmaduras. Además, los seminarios cayeron en manos de formadores gays y hoy tenemos una iglesia invadida por homosexuales, desde obispos hasta cardenales. Dicho en palabras más simples, los seminarios se volvieron semilleros gays.
¿Podemos concluir que el celibato es la causa del problema?
No. La vida clerical es atractiva para los homosexuales porque en ella pueden desarrollar una doble vida. Es el refugio de quienes no se atreven a enfrentar a sus familias. La iglesia católica es el clóset de los gays.
¿Estaría de acuerdo en eliminar el celibato dentro de la iglesia católica?
En mi libro hablo del celibato y presento algunas consideraciones. Lo primero es que no se le puede culpar del homosexualismo. El problema está en las raíces de la selección del personal y el perfil que buscan en los seminarios, donde la consigna parece ser atraer a muchachos gays.
¿Qué opina del homosexualismo?
Eso es un asunto muy diferente. No tengo problema con los homosexuales, por el contrario creo que tienen plenos derechos y como sacerdote los he acogido, pero en el estado clerical están en el lugar equivocado, porque la persona homosexual tarde o temprano termina en la pederastia.
¿Qué tan grave es el tema del homosexualismo en la arquidiócesis de Cali?
El 30% de los 120 sacerdotes que hacen parte de ella, son homosexuales. Tal como vamos existe la probabilidad de que a muy corto tiempo exista una predominancia de los gays dentro del clero.
¿Cuál es su situación actual dentro de la iglesia católica?
Soy un sacerdote jubilado con una vasta experiencia en la vida católica alemana. Al igual que ellos al cumplir los 65 años de edad me declaré sacerdote emérito sin responsabilidades parroquiales. Aunque aquí en Colombia sólo los obispos tienen el derecho a ser eméritos.
¿Con ese concepto que usted tiene de los problemas de la iglesia católica, no ha sido objeto de acosos?
No, en absoluto. No he cometido ningún delito y sin ser un ángel caído del cielo he tratado de dar testimonio y ser coherente con lo que me comprometí.
¿Fue amenazado alguna vez por cuenta de sus denuncias?
Si, hubo un momento en el que me acosaron las amenazas contra mi vida, moral y contra mis bienes. Por eso y de una manera muy inteligente tomé la determinación de hacerme a un lado para poder hablar con libertad.
El Libro
¿En qué tipo de pruebas se sustentan las denuncias formuladas en el libro?
En la realidad. Hay pruebas documentales basadas en denuncias ante la justicia, testimonios, grabaciones. Todo ello sumado al análisis que hago basado en mi experiencia sacerdotal.
¿Qué revelaciones hará en su libro?
No se trata de un libro de chismes, pero sin nombres contaré episodios espeluznantes como por ejemplo la violación de un diácono a un seminarista. Éste lo denunció cuando se enteró que iba a ser ordenado sacerdote. También hablo del reinado gay que organizó un profesor con algunos de sus alumnos del seminario. Ese profesor hoy es obispo.
¿En su libro profundiza aún más en torno a las denuncias por pederastia en contra del padre Efred Potes?
Si, presento unos documentos que fueron entregados por la parroquia de la Santa Cruz, en donde se ratifican algunas cosas negadas por el arzobispo en torno a las conductas del padre Potes; todo ello sumado a la transcripción de grabaciones que en su momento se entregaron a la Fiscalía y que lo involucran.
¿Cuántas páginas tendrá?
Es un libro normal con aproximadamente 200 páginas. Tiene muchas notas explicativas, bibliografías y contiene unos capítulos donde presento hechos claros.
¿Ya tiene editorial?
Estoy en contacto con una persona cercana a la editorial Oveja Negra. Pero tenga la plena seguridad de que el libro será publicado.
¿Y cuándo saldrá a venta al público?
Por el subtítulo quiero que coincida con el año 2010, para que sea la Anti Historia de un Centenario. Y como lo que critico en él es el culto al tapen tapen y las apariencias de algunos miembros de la iglesia católica.
¿Le preocupa que la iglesia católica impida que se publique?
La verdad no. Por el contrario creo que algún sector jerárquico dentro de la iglesia aprueba que estas cosas se hagan públicas.
EN EL CONFESIONARIO
Aunque ha pensado dejar los hábitos, mantiene una vida doble. Tiene novio y el año pasado fue a un bar gay ‘disfrazado’ de sacerdote. Es la historia del padre Ulises que cuenta Luis Alberto Miño Rueda en el diario El Tiempo de Bogotá.
El padre Ulises “ya se había quitado el alba cuando entró en la sacristía un joven de ojos azules. “Me han dicho que tienes una voz muy linda, ¿por qué no cantas el Avemaría?”, le pidió el sacerdote.
Al terminar, no pudo evitar mirarlo fijamente, pero se tragó las palabras. Esa noche se quedó pensando en el muchacho que había irrumpido en el templo. Días después, se lo encontró en otra misa y no pudo dejar de mirarlo. Se fueron a tomar un café y comenzaron un romance a escondidas.
En una sacristía había empezado su amor por los hombres. A los 9 años, cuando apenas era un acólito, comenzó a sentir atracción por otro niño. “Éramos amigos y solo nos acariciábamos”.
Ulises, el último de cuatro hermanos, creció en el seno de una familia de clase media de un barrio del sur de Bogotá. “Nos criamos católicamente en mi casa. Mi papá era muy rígido”.
Tras realizar su primera comunión, decidió continuar de acólito en la iglesia del barrio, donde conoció al niño con el que experimentó sus primeros acercamientos homosexuales.
Pese a esos encuentros en la sacristía, en el colegio siempre trató de ocultar sus sentimientos. “A veces sentía esa atracción y pensaba que estaba mal, que debía mirar a una mujer”.
Por los comentarios de los amigos y sus padres, en su adolescencia tuvo dos novias. “Las aprecie como amigas, oculté con ellas mi homosexualidad, hasta que llegó el momento en que dije, soy esto y punto”.
Cuando tenía 17 años murió su madre de un infarto y cuatro años después falleció su padre de pena moral. Ulises decidió llevar su vida de gay sin temor. “Me fue fácil porque no tenía mamá, ni papá que me recriminaran”.
El joven entró al Seminario convencido de su vocación y de que no importaban sus sentimientos sexuales para convertirse en sacerdote. “Siempre pensé en eso desde acólito, solo tuve una crisis, cuando vi que un sacerdote de mi parroquia tenía varias mujeres”.
En el Seminario empezó a ver desde el primer día que había otros jóvenes homosexuales. “Muchos entraban porque con el sacerdocio pueden disimular que no tengan mujer, pero yo estaba convencido de mi fe”.
Ulises era discreto en el claustro, donde vivía de lunes a viernes y compartía con otro seminarista una habitación. No se metía con nadie, pero veía que otros jóvenes tenían relaciones. Estaba convencido que ser homosexual no era ningún pecado y en sus clases se dedicó a rastrear en la Biblia versículos que hablaran sobre el tema.
“En el Antiguo Testamento se hablaba de orgías, no solo con mujeres sino también con hombres. Ya después de eso un evangelista habla sobre el homosexualismo. Uno no puede hacer caso a todo lo que dice al pie de la letra, porque entonces no comeríamos carne de cerdo”.
Los fines de semana su vida santa cambiaba. Del templo pasaba a los bares gay. “Me encanta la música electrónica, los shows, los espectáculos, como a cualquier joven”. En una de esas rumbas conoció a Fernando, un estudiante de ingeniería, con el que comenzó a tener una relación. “Ese fue mi primer amor. Amanecía con él en su casa o en una residencia”.
Se encontraba en los bares a sacerdotes. Se saludaban solo con miradas y cuando se volvían a ver, en algún acto religoso, no hacían ningún comentario. “Muchos saben, hasta obispos, pero todo se maneja oculto. A algunos los sacan porque se los pillan, pero otros terminan”.
Sólo le contó la verdad a su director espiritual. “Me decía que tenía que llevar una sexualidad bien llevada así como el sacerdote playboy tiene sus chicas, lo mismo le pasa a uno. Uno tiene que ser correcto en sus cosas. Me aconsejaba que para contener las tentaciones hiciera yoga, pero eso no me funcionaba”.
A Ulises le iba bien en sus estudios de filosofía y teología, pero peleaba con su pareja. “Cuando empecé la pastoral, los sábados y domingos, no tenía tiempo para él, entonces me decía que yo tenía otra persona. Me aburrí y terminamos”.
Tras la separación, el joven seminarista se iba a vivir con un amigo y Fernando, de celos, les confirmó a sus hermanos que él era homosexual. “Uno, que hace parte de un grupo religioso, empezó a sacarme apartes de la Biblia y me empezó a decir que eso era pecado. Yo le respondí que no tenía ningún espíritu metido, sino que simplemente me gustaban los hombres. Terminaron aceptando”.
Ulises terminó a los siete años sus estudios en el Seminario, pensando que como sacerdote iban a quedar atrás sus amores y se consagraría a Dios.
Lo ordenaron en la catedral y fue enviado a una parroquia del sur de Bogotá como vicario, donde comenzó a trabajar bajo la tutela del párroco, a participar en las misas, en los grupos juveniles y las charlas a parejas.
“Ya como sacerdote uno tiene que cuidarse más, porque uno es una persona pública, como el actor, y si lo ven a uno en un bar gay la gente va a hablar del cura, pues siempre el cura está en boca de todo el mundo. Si se viste bien es porque se está robando la plata de la limosna”.
En el confesionario de esa pequeña iglesia comenzó a enfrentar cómo los jóvenes vivían su mismo tormento. Se le acercaban y le decían, arrodillados, por entre la cortina: “Padre soy gay, ¿Eso es pecado?”.
“Yo les decía que vivieran la vida sanamente, sin promiscuidad, con amor, que no metieran drogas ni alcohol. Les digo que nosotros, los gay, somos seres humanos, como cualquier otro”.
Otros feligreses no iban a confesarse sino a hacerle una declaración: “Padre, tú me gustas”. Solo se sonrojaba en su oscuro lugar, como lo hacía cuando alguien se quedaba mirándolo a los ojos al darle la comunión.
Después de dos años de trabajo, de decenas de misas, a Ulises lo enviaron como párroco a otra iglesia. Tenía tantas reuniones, con grupos de oración y jóvenes, que no le daban ganas de ir a rumbear.
Ulises mantenía una vida célibe, pese a las tentaciones, pero a finales del año pasado comenzó a tener una crisis espiritual.
“Sentí un choque de ideologías. A veces el Papa dice muchas cosas, podemos obedecer pero hay cosas que son ilógicas, como que los muchachos no puedan usar condón y que diga que las relaciones son solo entre hombre y mujer, cuando somos miles de homosexuales”.
Las preguntas azotaban tanto al padre que volvió a los bares. En la pasada fiesta de Halloween de Theatrón, un sitio de rumba gay, fue el único que no llegó disfrazado.
“Me fui vestido de sacerdote, con mi clergyman. Ese ha sido el único día que he podido ir a una fiesta como soy, sin esconderme”.
Ulises tiene apenas 31 años y lo persiguen las dudas. Piensa que los sacerdotes deben ser célibes, pero extraña la vida mundana que llevaba de seminarista.
“Amo mi sacerdocio con todo mi corazón, pero si no le puedo corresponder al Señor es mejor retirarse. Para ayudar a la gente uno no necesita ser sacerdote”.
Hace dos meses, estaba en ese dilema. Le pidió a Dios que le mostrara el camino y apareció ese día en su sacristía el joven de los ojos azules.
Información compilada a través de diversas fuentes